¿Objetivos 2018? Consíguelos con la ayuda de tus emociones

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Las emociones te conectan con el mundo y el mundo es el lugar donde puedes plasmar tus objetivos. Este año, ante la tentación de hacer un post más sobre cómo alcanzar nuestros sueños, he decidido pararme, reflexionar y tratar de ir un poco más allá… porque cuando no llevamos la vida que queremos vivir, cuando no conseguimos nuestros objetivos, ¿qué hay detrás? Veámoslo paso a paso, empezando por el principio.

¿Qué son las emociones? ¿Para qué nos sirven?  A la segunda pregunta más de uno respondería que para vivir de la exaltación al sufrimiento, “en la noria emocional”. Sin embargo, cuando comprendemos qué son, vivir resulta más sencillo. En palabras corrientes, las emociones son procesos psicológicos que nos transmiten información y, gracias a ella, contribuyen a que reajustemos nuestros planes y metas basándonos en nuestro propio sistema de valores.

Dicho de otra manera, las emociones son la brújula que puede ayudarnos a marcar nuestro rumbo. De hecho, sirven para mucho más que hacernos sentir. Nos proporcionan información valiosa sobre cómo nos afectan las cosas y nos ponen en movimiento. Nuestro cerebro las necesita constantemente. Sin ellas, estaríamos perdidos.

Su papel estelar las convierte en una potente herramienta en la toma decisiones. El problema es que no las tenemos en cuenta. Es habitual pensar sobre ellas erróneamente, gracias a la visión popular de que pueden despistarnos o desviarnos de nuestros objetivos. Esta creencia es real si las vivimos de forma inconsciente. Obviamente, no es cuestión de estar pendiente de qué sentimos en cada momento, ¡sería agotador! De lo que se trata es de ponerles atención en los momentos cruciales o cuando no entendemos qué nos sucede.

La clave es entenderlas y aceptarlas, es decir respetarlas, y se consigue descifrando la información que nos transmiten sobre cómo nos afecta lo que sucede a nuestro alrededor. El miedo, la ira, la alegría… cada una de ellas nos ofrece una información concreta que activa sus propios procesos y reacciones.

La realidad es que cuando nos enganchamos en una emoción, entre otras cosas puede ser porque no entendemos lo que nos quiere transmitir, no sabemos interpretarla, o simplemente no le ponemos atención. El problema es que si no las escuchamos (y recibimos), volverán y cada vez llamarán más fuerte. Por eso, no hay una emoción mejor que otra. Transitar por el abanico emocional, pasar de una emoción a otra sin problema, es saludable, es un indicador de que nuestra brújula interior funciona y que podemos fiarnos de ella. La auténtica libertad no consiste en dejarse llevar por las emociones, sino en elegir si te dejas llevar o si haces otra cosa.

¡Buena suerte!

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